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Las heridas de la infancia en el adulto

La infancia es una etapa vital de nuestras vidas. Una etapa de juegos, ilusiones, diversión y en la que exploramos y explotamos nuestra parte más creativa, entre otras cosas.
Asimismo, la infancia es una etapa en la que, como niños, empezamos a ver nuestro entorno, aprender de él y construir nuestra percepción de la realidad.

Desde la niñez y conforme vamos creciendo, vivimos situaciones que nos van marcando, en el hogar, en la escuela, situaciones familiares, diferentes experiencias que nos generaron sensación de soledad, rechazo, temor, sufrimiento, etc.

Estas situaciones, conforme fuimos creciendo, nos generaron diferentes heridas que nos convirtieron en personas desconfiadas, inseguras, miedosas o, simplemente, minimizamos nuestras cualidades porque nos comparamos con los demás.

A todo esto, nos afloran tres preguntas que pasaremos a responder… ¿Cómo nos afectan nuestras heridas del pasado en el presente?, ¿Cuáles son? ¿Cómo las curamos?

¿Cómo nos afectan nuestras heridas del pasado en el presente?

Tal y como hemos mencionado antes, desde niños vamos desarrollando un aprendizaje de lo que observamos y escuchamos, adquiriendo creencias e imitando lo que dicen los adultos, esto, queramos o no, nos va limitando y nos va ajustando a los patrones que vemos en casa.

Hay que dejar claro que es muy posible que los adultos que nos educaron y de los que aprendimos, no tuvieran la intención de hacernos daño e hicieron lo mejor que pudieron, considerando que ellos también pudieron aprenderlo así.

Cuando vivimos una experiencia dolorosa, las emociones toman el mando y bloquean a tal punto que no podemos pensar con claridad.
Ese bloqueo emocional no nos permite que analicemos la situación o situaciones de una manera objetiva y muchas veces nos centramos solo en el lado negativo, desencadenando rabia, impotencia o tristeza.

De adultos, cuando una situación nos sobrepasa, el recuerdo de ésta continúa de manera recurrente generando emociones que terminan siendo condicionantes en las relaciones con nuestro entorno. Como resultado podemos apreciar un profundo resentimiento o problemas serios de autoestima.

En ocasiones, nos podemos encontrar con recuerdos que terminan siendo miedos, inseguridades y recriminaciones. Estas aparecen cuando no hemos logrado interiorizar las consecuencias de decisiones o situaciones generando una herida emocional que no hemos llegado a cicatrizar.

¿Cuáles son?

A pesar de no ser fáciles de identificar, entre las más comunes se encuentran:

  1. – Estar o tener una actitud a la defensiva
  2. – Aislamiento constante
  3. – Ansiedad y miedo a los demás
  4. – Miedo al compromiso
  5. – Miedo al rechazo
  6. – Dependencia hacia los demás
  7. – Desprecio hacia los demás

 

¿Cómo las curamos?

Para comenzar a sanar nuestra autoestima, es bueno reconocer nuestras emociones, aceptar y reconocer que nos sentimos enojados y tristes.

Debemos intentar reconocer e identificar las heridas emocionales en el momento que ocurren, reflexionarlas con la idea de cambio y, lo más importante, dialogar con nosotros y hablarle a nuestro niño interior, aceptándolo y reconociéndolo, explicándole lo importante que es para nosotros y asegurándole que estamos con él.

Sin embargo, a pesar de lo mencionado, debemos de tener claro que para sanar el pasado hay que trabajar con un profesional para curar nuestras heridas emocionales ya que muchas veces al abrir la caja de pandora nos podemos encontrar con cosas que, sin las técnicas necesarias, no podemos gestionar.
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